Jeri4queen

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Vuelvo a soñar

Cuando desperté, era narco.  O algo parecido.  Había balazos y yo cuidaba un maletín con dinero.  Por eso digo que era del bando de los maloras. Dos días antes, mi viejo me había puesto los cuernos mientras andaba de viaje.  Y como tiene que ser, le dí unos madrazos recriminadores.  Le dije que porqué se había ido de viaje sin mí y porqué me puso los cuernos.  Y lo peor: porqué me lo confesaba, pinche cínico que no aguanta con el cargo de conciencia.  Quién sabe cuándo, Scampi corría y corría.  Y yo tras de él en chingaloca.  (Por cierto: con el frío, ahora duermen en nuestro cuarto.  En su colchón, pero en nuestro cuarto)

Antes, cuando aún estaba en mi trabajo anterior, no soñaba.  Al menos, no recordaba sueños de ese tipo. Siempre soñaba con una solución incoherente a los problemas del trabajo.  Y no faltaban las pesadllas en las que las consecuencias de mis actos era la muerte computita.

Poco a poco, me adapto a la tranquilidad.  Y por mis sueños, supongo que mi cerebro también y ya no sabe que inventar.

Roxgun

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Tengo un smartphone pendejo

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Como la pila de mi anterior celular moría cada dos días, decidí comprarme otro.  Además, dejé a Telcel por marranos.  Su pinche congelación de crédito y las limitaciones para usar el saldo que un alma caritativa me había regalado, acabó por fastidiarme.  En Iusacell, encontré un smartphonito barato, a meses y no tan feo. Estuve a punto de contratar un plan para tener internetz en la mano, pero no caí en la tentación diabólica.  Así que lo compré a prepago y durante el primer mes me regalaron el internetz. La marca: Huawei Ideos con Androidz.

Nuestras primeras horas juntos fueron emocionantes: le configuré las redes sociales y me asusté de toda la gente fea que tengo en mis contactos de google (los jaló a los contactos). Ponía el GPS pa ir a soriana y veía los panamericanos en su navegador.  Pero antes de cumplir un día juntos, ya pedía recarga de batería. ¿Qué pedo? Los compañeritos de mi extrabajo me dijeron que era culpa del 3G. Entonces se lo apagué. Yo lo que quería era no cargar todos los días el pinche celular.  Ah, y recibir fotos de mi sobrina eructando.

Por eso digo que el teléfono está tonto.  Pero su retraso internet-social no me molesta.  Sí, el whatsup está chido y hallo gente en los chatitos colgada de los WIFI.  Le he metido 50 pesos en un mes y la cobertura de iusacell / unefon si es mucho más chafa que telcel.  El cliente de tuiter se traba y aunque le instalé el swipe, escribo muy leeeeento.

La verdad el smartphone no se ganó mi corazón.  No así la icore5 que está en la foto y su hermano siamés, el monitor de 22 pulgadas a quienes amo.

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El lonche de pierna y otros oscuros secretos tapatíos

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En Guangalajara, las tortas son bañadas en salsa de jitomate y chile: son las famosas ahogadas de pan duro (que se aguada) y carnitas.  Así que a las tortas, los tapatíos les dicen lonches.  Mi lonche favorito es el de pierna.  Lleva queso ranchero (de preferencia de los altos de Jaliscou), lechuga (de preferencia desinfectada), jitomate (de preferencia aguacate) y chile en vinagre.  Ah, y pierna de puerco.

Aunque van calentados en una plancha grasienta, nuncamente los aplastan en esas megasanwicheras, como lo hacen en el metro del DF.  Y es que por muy despistado que el chilango sea, aplastar el pan jalisquillo es físicamente imposible.

Y es que el pan duro, chunchiesco y salado, es la estrella de este delicatessen jalisquillo.  

Este pan no lo venden en panaderías.  En mi alocada juventud, un señor pasaba con una canasta de mimbre sobre la cabeza y a gritos anunciaba “tamaliiiis”, que es nombre-clave en tapatío para el pan.  Por eso tardé tanto tiempo en descubrir esa ambrosía.  Malditos jalisquillos xenófobos.

No recuerdo exactamente cuándo fue que los probé; como ya dije, tuve una alocada juventud.  Supongo que fue uno de esos años que pasaron desde que Sello Rojo dejó de vender leche en envase de vidrio y nació una jirafita en el zoológico. Pero la globalización llegó a Guangalajara y los maestre del pan salado tuvieron que migrar a tianguis y tienditas de la esquina.  Entonces me hice fan de este pan y me crecieron las nalgas.

Para aquellos que saben la diferencia entre “ocupo” y “necesito”, les diré que características debe cumplir un auténtico pan jalisquillo: 

  1. No tiene migajón.  No hay insumo suficiente apelmazar figuras eróticas con baba.
  2. No tiene “chichita” en las puntas. Esa protuberancia que hace que los bolillos lleguen incompletos a la cena.
  3. Es duro y crunchiesco.  Si no te lastimas una encía, posiblemente sea pan pirata.
  4. Es poco salado. Poco.
  5. Es delicioso con crema o queso panela.

Ignoro cuál es el ingrediente secreto para elaborar dicho pan.  Es un secreto que los maestre del pan salado pasan en los rituales homosexuales secretos.  Como sea, es un delicatessen que no debe faltar en su próxima visita a Tapatilandia.

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Blumy cara blanca y huevos colgantes

Blumy
Blumy llegó a casa de mis papás hace tres años.  Tenía 10 de edad y las patas tan débiles, que se resbalaba en el piso.  Una prima se los dio con la excusa de no poder cuidarlo.  Después se compró un par de chihuahuas.  Mi mamá dice que lo adoptó porque es algo que yo hubiera hecho; además, ya jubilados tendrían el tiempo para atenderlo.

Una vez que se acostumbró a ellos, Blumy agarró a mi papá de líder. Lo seguía hasta el baño y le lloraba cuando le cerraba la puerta o se iba a la calle.  Comenzó a mover la cola más seguido, las piernas se le fortalecieron y hasta corría en el parque cuando veía a sus amigos.  Engordó y ladró más. A mis perros los soportaba como un abuelo serio.  Sobre todo a Scampi, que corre sin importar a quien tira. Su veterinario de toda la vida no se creía la forma en la que se había fortalecido el perro viejo.

Como cualquier anciano, tenía algunas manías: no comía si no estaba acompañado, se negaba a salirse a dormir a su casa y se mordisqueaba las patas hasta sangrarlas.  Con monos de peluche y carnazas empezó a dejar ese hábito.  Sus huesos sonaban contra el piso cuando se dejaba caer y sólo con pedazos de queso o llamadas extracariñosas se levantaba.  No le importaba estorbar y que lo jalaramos a una esquina.  Abría un ojo como diciendo, ya estoy viejo, arréglatelas tú.

Blumy comenzó a no querer comer bien hace más de un mes.  Dijeron que tenía laringitis. Los ladridos estaban rasposos y caminaba menos.  Yo lo ví hace una semana y seguía sin comer bien.  Pero movía la cola cuando le hablaba y cargaba sus monos.

El jueves le pusieron esa inyección que los duerme y después los mata.  Al parecer, estaba sufriendo mucho: el corazón estaba muy débil y los pulmones no lo dejaban respirar bien.  El veterinario aseguró que el perro sufría, que no entendía porqué seguía en pie.

Así son los perros.  Y aún así, hay gente que los tira a la calle.

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Tenis con vestido azul

El vestido de reinita lo tenía seleccionado y probado desde hacía un mes.  Los zapatos no eran nuevos pero tenían escasas 10 puestas.  Unos tacones plateados y altos.  Su corte era bajo, apenas unos milímetros arriba del arco que forman el comienzo de los dedos de los pies.  Tenían tan pocas puestas ya que son zapatos de fiesta.

Recuedo que dudé al comprarlos en Liverpool. Mil doscientos pesos por unos zapatos me parecía demasiado.  Pero mi mente me saboteó con “para darme mis gustitos me rompo el culo en el trabajo”, “Están en oferta”, “son del color exacto del vestido”, etc.  Los compré y bailé y bailé.  A pesar de la altura, agarraban bastante bien mis pies y cumplían con su función de levantar las nalgas. Yo confiaba en esos zapatos… hasta ese sábado 20 de agosto de 2011.

Como la boda era fuera de Querétaro, me vestí hasta el hotel. En cuanto me puse los zapatos, supe que algo estaba mal.  Me apachurraban el dedo chiquito de más y el tacón estaba como chueco, porque a los pocos pasos casi azoto.  Para cuando la misa bodorrial terminó, tenía los huesos de mis pies molidos.  Caminaba como espinada y la elegancia de mi vestido y peinado de salón se perdía.  Necesito unos zapatos nuevos y unas gorditas, le dije a mi Maridaje. Como el héroe que es, me cargó  hasta el coche y partimos a la ciudad de San Juan del Río en la búsqueda de unos zapatos y unas gorditas de guisos.

Mi presupuesto era de doscientos pesos.  Con unas sandalias plata me conformaba.  Entonces los ví.  Unos tenis del color azul de mi vestido.  Cómprate esos me dijo mi Maridaje.  Usar falda (o vestido) CON tenis es en contra de mi religión le contesté.  Pero mi mente decidió sabotear a los plateados: por el mismo precio, cómprate algo que te vas a volver a poner.

Así que salí de la zapatería, con vestido de reinita y tenis de 250 pesos. (Una vez, me compré un traje de baño de 1200 pesos y chanclas de 20 varos)

Bailé toda la noche. Pisoteé a los de junto y brinqué la versión en chinguiza de payaso de rodeo. La fiesta estuvo tan buena, que hay pedazos de la fiesta que no recuerdo.  Mi Maridaje y yo amanecimos en otra habitación y vomité dos veces (la segunda después de nadar)

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No vuelvo a usar tacones.

 

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Scampi tiene pulgas (y Gazpacho nada)

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La rascadera comenzó hace una semana.  Las patas de atrás rascaban las orejas.  Los dientes,mordían nalgas y patas.  El lomo lo rascaba patas pa’rriba, contra la tierra del intento de jardín. (Y Gazpacho, nada que se rasca).  Ahora que me paguen les compro el liquidito ese, pensé.  Recomendado por su veterinaria, el liquido promete no sólo eliminar pulgas y garrapatas, si no hasta prevenirlas por tres meses.

Mi primer perro tuvo garrapatas.  Era un cocker medio menso y bastante corriente con muy mala suerte.  Cuando lo compramos, mi mamá lo quiso echar.  Se quedó gracias al drama infantil y a los ojitos con párpados suplicantes que tenía.  Después le salió una hernia en el ombligo.  Mi papá, que es doctor, le puso una moneda apretada con maskin tape “pa’ que se metiera”.  No funcionó y tuvieron que meterle cuchillo.  El día que lo operaron yo recé un rosario.  Hice trampa (recé 5 aves marías en vez de diez) y el perro sobrevivió.  Ahí comenzó mi ateísmo.  A lo que no sobrevivió (ya ni recé) fue a las llantas de un carro.  Y justo cuando habíamos logrado quitarle las garrapatas, pensé al pie de su tumba.  Mi papá lo enterró en el jardín de enfrente y le hizo una lápida de cemento con su nombre: Dogy Dagoberto.  Durante mucho tiempo, mis vecinitos dijeron que mi perro se aparecía por las noches.
El liquidito ese cuesta 180 pesos.  Y por dos son 360, que es con lo que yo como toda la semana.  Me duele el codo y se los compro hasta que las pulgas los persiguen.  El sábado, la desesperación rascatoria se incrementó.  Así que con el poder de mi firma, compré el liquidito ése.  No sé que tan efectivo sea, pero las rascadas han disminuido y yo lo veo dormir sin preocupaciones. 

¿Ustedes que opinan? Ahorita que termine de rascarme me dicen…

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Soy de gustos necios


Esta semana, le cambié la plantilla a mi blog de cuentos (que ahora incluye “reseñas literarias”).  Mi etapa rosa nunca se afianzó, la morada está quemada y, aunque ya no soy pelirroja y el verde manzana no me va, me decidí por ese.  Le acomodé el ancho, incluí algunas páginas y posts viejos y voilá!, mi blogcito estaba renovado.  Eso hasta que fuí a mirujear mi otro blog  y resultó tener la misma platilla.

Juro por Scampi que está acostado en mi pie (y que ya tengo dormido) que no me acordaba de ya había elegido esa plantilla.  Entro sólo para comentar y no me fijo mucho en la apariencia.  Es como entrar a la cocina con la luz apagada, ya sabes dónde es; ya no se fija uno en pendejadas.

No es la primera vez que me pasa.  A veces, compro ropa muy, muy, pero muy parecida a lo que ya tengo.  Me encapricho con ciertos colores y reniego de ciertas modas, como las zapatillas que llegan hasta el talón. Cuando me da por experimentar en el fashion, termino con un montón de ropa guardada que uso como disfraz.

Tal vez me esté haciendo vieja. BUA.