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Notes

¿Quien no ha tenido un Bocho?

Hitler, ese conquistador/asesino convertido en YouTube-Star, encargó
la construcción de un auto para el pueblo. Las especificaciones del
vehículo eran, como todo en su imperio, rudas e innegociables: fuerte,
duradero, barato y de fácil mantenimiento. Lo que Hitler nunca supo
es, que pueblo que terminó agenciándoselo, es el mexicano. ¿Habrá
alguna familia clase-mediera-embarrada-de-mugre que nunca haya tenido
un Bocho? Al menos, la mía siempre hubo uno.

La historia de los Bochos en mi familia comienza con mi papá
estudiando para doctor. Todos los días, recorría de Tlanepantla hacia
Ciudad Universitaria (es decir, hasta la sexta chingada del DF) en el
Pistachón, un Bocho verde claro. Sin embargo, su color no era lo que
hacía a ese coche peculiar: era el tener una tibia (el hueso del
chamorro) como palanca de velocidades. Mi abuela sufría cada vez que
mi papá manejaba ese esqueleto.

Cuando yo nací, mis papás tenían un bocho blanco. Recuerdo el techo
de plástico blanco con puntitos negros, cuando entrecerraba mis ojos
para medio borrar los puntos. En los 80s viajamos del DF a Cancún,
con la panza atiborrada de maletas y dos niñas acostadas en la cama
improvisada que se forma al bajar el asiento de atrás. Desde
entonces, todos nuestros bochos fueron blancos. El run-run de las velocidades del motor del bocho me arrulló durante
todo el camino al sur. ¿Lo recuerdan? Cuando la velocidad estaba a
punto de explotar, el coche chillaba en tonos altos. Entonces entraba
el clutch, la nueva velocidad y seguía adelante. Había un modelo con
una ventanita en los asientos de adelante que se abría de lado. Yo,
que siempre he sido una quejica del aire, pedía que abrieran nada más
su “ventanita chiquita”. Era una niñita que hablaba con muchos
diminutivos.

El último bocho blanco de mi familia fue noventero y en él aprendí a
manejar. Después de cada sesión de manejo, un dolor de piernas y mano
derecha se apoderaba de mi cuerpecito. Al final, convencí a mis padres
de que me prestaran el golf, que era automático. Por eso, no sé
manejar estándar. Ese bocho ahora lo maneja mi primo, que es 15 años
menor que yo. El bocho blanco de la foto estaba en la calle de mi abuela. Sus
ociosos dueños lo pintaron de verde y rojo por aquello del furor del
bicentenario. Con tanta mamada que salió al respecto, creo que ese
humilde cochecito representa con una mayor fidelidad lo que es el
pueblo mexicano. Al menos, el pueblo en el que me ha tocado vivir:
aguantador, improvisado, golpeado, sin focos, pero con harto sentido
del humor.