Blumy cara blanca y huevos colgantes
Una vez que se acostumbró a ellos, Blumy agarró a mi papá de líder. Lo seguía hasta el baño y le lloraba cuando le cerraba la puerta o se iba a la calle. Comenzó a mover la cola más seguido, las piernas se le fortalecieron y hasta corría en el parque cuando veía a sus amigos. Engordó y ladró más. A mis perros los soportaba como un abuelo serio. Sobre todo a Scampi, que corre sin importar a quien tira. Su veterinario de toda la vida no se creía la forma en la que se había fortalecido el perro viejo.
Como cualquier anciano, tenía algunas manías: no comía si no estaba acompañado, se negaba a salirse a dormir a su casa y se mordisqueaba las patas hasta sangrarlas. Con monos de peluche y carnazas empezó a dejar ese hábito. Sus huesos sonaban contra el piso cuando se dejaba caer y sólo con pedazos de queso o llamadas extracariñosas se levantaba. No le importaba estorbar y que lo jalaramos a una esquina. Abría un ojo como diciendo, ya estoy viejo, arréglatelas tú.
Blumy comenzó a no querer comer bien hace más de un mes. Dijeron que tenía laringitis. Los ladridos estaban rasposos y caminaba menos. Yo lo ví hace una semana y seguía sin comer bien. Pero movía la cola cuando le hablaba y cargaba sus monos.
El jueves le pusieron esa inyección que los duerme y después los mata. Al parecer, estaba sufriendo mucho: el corazón estaba muy débil y los pulmones no lo dejaban respirar bien. El veterinario aseguró que el perro sufría, que no entendía porqué seguía en pie.
Así son los perros. Y aún así, hay gente que los tira a la calle.
