El microbús de la muerteeee!

Warning: El siguiente post está lleno de lugares comunes, clichés y
provincianadas. ¿Pero de que otro modo se puede escribir sobre el
microbús de la muerte al que me subí en el Distrito Federal?
parador de La Raza. La lluvia que nos persiguió por todo Insurgentes,
se hizo presente en el puente de la citada estación. Instalada en mi
papel de diva-viajera-conocedora-de-ciudades, guié con paso firme a mi
querido amancebado al parador de microbuses (equivocado). Con la
cabeza gacha (la lluvia había arreciado) admití mi error y volvimos a
cruzar el puente que evita que atropellen chilangos en insurgentes
hacia el parador correcto. Un poco mojados, trepamos a un microbús que
era promovido por el gerente promotor de microbuses con alaridos de
“Subaseeeee Vallejo-La Curva Subaseeeee”. Para quien no conozca la avenida Vallejo les diré que es una de las
arterias del norte de la ciudad que conectan a Chilangolandia con el
Estado de México. Hasta hace algunos meses, la avenida constaba de 16
carriles de ida y 16 de vuelta. Admito que ese ancho es relativo a
mis ojos pueblerinos que se asustan al ver tanto coche estacionado,
edádedió. Supongamos que la medida correcta era 4 y 4. Y digo era,
porque a Ebrad gracias, el macrobús pasará por la congestionada
avenida. Pero aún no pasa. El multipresumido sistema de transporte está en
construcción y el tráfico en Vallejo se limita a 2 carriles de ida y 2
de vuelta. Estos carriles están separados por unos tambos de plástico
naranjas cuya función es prevenir que se invada el carril que va en
sentido contrario y salga uno fotografiado en el Alarma! Así que íbamos trepados en el micro, muy sentaditos en uno de esos
sillones largos desde donde se mira al chofer mentar madres. El micro
no tenía nada de especial: peluchito en el tablero, la virgencita con
lentejuelas, las frases chuscas pintadas en la pared. Si acaso, la
edad veinteañera del chofer y su música electrónica salvaban un
poquito al microbús de la muerte de ser un cliché citadino. El microbús de la muerte arrancó con el pasaje de sentado lleno y el
punchispunchis a todo volumen. Dio vuelta en Vallejo y el horror
comenzó. A través del parabrisas mal-limpiado, pude ver montón de
luces estacionadas. Suspiré pensando en los pambazos fríos que nos
esperaban dentro de un par de horas en casa de miagüelita. Pero el
chofer no pensó lo mismo. Esquivando los contenedores rojos cual adolescente a sus padres, el
chofer manejó kilómetros en sentido contrario antes de llegar a un
semáforo / intersección. Entonces, se metía justo al frente de la
fila chingándose a todos los conductores que respetan la vida de los
demás. Les dejo una gráfica informativa, porque aún me pongo nerviosa
cuando recuerdo la experiencia cercana a la muerte. Ya sé lo que van a decir: imposible que recorra kilómetros, la
construcción no abarca más de N kilómetros. Pero las leyes de la
longitud física indican que, si va uno en sentido contrario e
invadiendo carriles como loco desquiciado, cada metro se convierte en
kilómetros. El chofer se dio el lujo de orillarse a la orilla y subir más gente,
hasta llevar a algunos valientes en la clásica posición de “mosca”. El
trayecto lo recorrí abrazada de mi amancebado, en parte por el
apachurramiento y en parte, por miedo. Obviamente, llegamos sanos y
salvos hasta la colonia de miagüelita. Yo quería hacer una demanda
ciudadana ante las delegación Gustavo A. Madero, pero me acordé que
tenía que tomar otro microbús. Así que mejor hago este post.